Especial - El gran rugido

Información adicional de una película especial:

El Gran Rugido

El rugido más peligroso del cine.

Aunque ninguno de estos casos es comparable con El gran rugido (Roar), el mayor disparate cometido nunca en el nombre del séptimo arte, o cómo poner la vida de tu propia familia y de todo tu equipo en peligro por un chusco de película que fue un desastre de crítica, taquilla y que fue enterrada rápidamente en el olvido.

Al menos hasta que la distribuidora norteamericana Drafthouse Films la volvió a desenterrar hace escasas semanas, reestrenándola en salas de su país como ese hallazgo laminero, tan ideal para Grindhouse, sesiones de madrugada y toda esa corriente revisionista que suspira por el cine de antaño. Además le han estampado uno de los taglines publicitarios más brillantes que se recuerdan: “Ningún animal fue herido durante la filmación de esta película. 70 miembros del equipo técnico y artístico sí lo fueron”.

Son solo los números que salen cuando juntas a humanos con animales salvajes no domesticados en un set de rodaje, pero en realidad la historia de Roar esconde aún mucha más “chicha”.

Todo arranca tiempo atrás, cuando el sueño hippie empezaba a tambalearse, excepto para Noel Williams, productor de El exorcista, y su mujer, la actriz Tippi Hedren (una de las rubias de Hitchcock) quienes durante un viaje por Mozambique quedan fascinados por la fauna local. La chaladura les llega a tal punto que deciden comprar un león domesticado para aceptarlo en el seno familiar como animal de compañía, e incluso como animal decorativo (como sofá, por ejemplo) para su mansión de Beverly Hills.

Tras la grata y pacífica experiencia conviviendo con el felino, el paso siguiente lleva a los padres más responsables de Hollywood y a sus hijos - Melanie Griffith (sí, la misma, hija de Tippi Hedren), John Marshall y Jerry Marshall (los hijos del otro matrimonio del productor) a mudarse hasta el corazón de África para crear allí una especie de santuario animal con más de 150 ejemplares: leones, tigres, panteras, pumas, leopardos, jaguares, y toda clase de felino capaz de dibujarte un tres en raya en la cara.

En 1974, Noel Williams, ataviado con la única idea cuerda de toda esta historia (cabe recordar que aún no existían ni Frank de la jungla ni Edward Bear Grylls) decide arrancar el rodaje en funciones de director/actor (¿quién sino se iba a poner en su pellejo?), y secundado por toda su família. Ninguno de ellos saldría indemne de la locura.

La cacería humana empezó desde el primer día. La peor parte se la llevó el director de fotografía, el holandés Jan de Bont, quien, antes de ponerse a tripular Twister y Speed, recibía 220 puntos en la cabeza después de que un león casi le arranca toda la cabeza de cuajo. Pero allí pillarían todos, ni uno solo se libraría de la idea más insana que se haya documentado nunca. La actriz Tippi Hedren sustituía los picotazos de los pájaros en el rodaje del maestro del suspense por mordeduras de felinos y un pisotón de un elefante que le rompería la pierna. Por su parte, su hija, antes de convertirse en icono femenino en Armas de mujer, se dejaba media mandíbula en esa reserva de locos, con lo que requirió de cirugía estética para arreglar su bello rostro. Obviamente el pater familiar no se fue de rositas, sino que terminó ingresado en el hospital local por una gangrena que le dejaría secuelas graves tras tantos mordisquitos, revolcones y arañazos con esas entrañables mascotas.

Pero la pesadilla no se redujo al zoo dispuesto en la casa. Tras dos años de producción, y doce historias de horror impensable, los financiadores cortaron el grifo dejando a Williams y a Hedren a su suerte. La pareja vendió entonces todo lo susceptible de ser puesto en subasta para volver a poner su vida a disposición de los 150 animales ocupando su idílico santuario. En el segundo período de filmación tuvieron que lidiar con 10 plagas, dos inundaciones, un incendio, y una enfermedad que se propagó entre los felinos. 11 años después del primer boceto del guión (al parecer había uno), la producción terminó en 1981 costando 17 millones de dólares, sin pisar ni una sala de los Estados Unidos, con un estreno internacional de una sola semana, y con una recaudación paupérrima (2 millones) que la convirtió de inmediato en la película casera más cara de la historia.

Han dicho de ella que es “como si Walt Disney se le fuera la olla y filmará una versión snuff de la familia Robinson”, o que "es como ver el Rey León en real”. La propia distribuidora la ha etiquetado como “holy fucking shit movie”. Sea lo que sea lo que encaje mejor, no hay discusión de que es el disparate más devastador de la historia del cine. Tranquilo Terry, tienes aún mucho margen por delante...